Agustina Fortunato Dominguez
Semblanza solemne de Agustina Domínguez
Agustina Domínguez Nació en Hato Mayor del Rey, República Dominicana, el 28 de agosto de 1935. Segunda en nacer, primera hembra entre nueve hermanos llegó al mundo con la responsabilidad y la fortaleza que solo la vida sabe asignar a quienes están destinados a sostener a muchos.
Desde muy joven mostró un temple que la acompañaría siempre. Contaba, con la serenidad de quien reconoce su propio coraje, que a los 15 años le pidió a su abuela —su aliada, su refugio, su cómplice— que la acompañara a sacar la cédula y testificara que tenía 16. “La necesitaba para poder salir de Manchao y buscar trabajo”, decía. Ese gesto temprano no fue travesura: fue necesidad, fue visión, fue destino.
Trabajó primero como doméstica en Quisqueya, San Pedro de Macorís, y luego en Santo Domingo. Allí conoció a su compañero de vida, Chuchu, con quien inició su familia en 1956. Su fuerza la llevó a parir siete hijos y a criar otros cinco que la vida puso en su camino. Con la misma determinación, abrió puertas para hermanos y primos, sacándolos del campo hacia la ciudad, y de la República Dominicana hacia los Estados Unidos. Donde ella avanzaba, otros podían avanzar también.
Solía decir, con una gratitud que nunca la abandonó: “Me siento agradecida de la vida; me dio unos hijos maravillosos, nietos amorosos, unos buenos hermanos y mucha gente que me quiere y se preocupa por mí.”
Con los años, muchos empezaron a llamarla La Doña. Y no era un apodo: era un reconocimiento. Agustina sembró solidaridad, sembró empatía, sembró comunidad. Y vivió lo suficiente para ver cómo esas semillas florecieron en cada uno de sus hijos, en cada vida que tocó, en cada persona que encontró en ella un faro.
Hablaba de la muerte con la misma claridad con la que hablaba de la vida: “Cuando me vaya, no se vuelvan locos, cójanlo suave. Todos tenemos que morir un día.”
Pensó en los demás incluso al escoger el destino de sus restos. Se despidió dando las gracias, como quien entrega su último acto de amor.
A La Doña no le dolió morir; le dolió causarnos dolor con su partida. Le dolió saber que, aunque repitiera “cójanlo suave”, su ausencia abriría un vacío que dolería hasta nuestra propia muerte.
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