Marjorie Mayilla Salas Villacis
“Tu amor mamita, nunca desaparece”
Marjorie Mayilla Salas Villacis nació en Guayaquil, Ecuador. Fue madre de cuatro hijos: Michelle, Leova, Christian y Renato; y abuela de varios nietos: Scarlet, con quien vivió hasta sus últimos días, Elisa y Mathias. Dedicó la mayor parte de su vida a su familia. También fue una buena hija y una gran hermana, que amó incondicionalmente a sus hermanos y siempre estuvo presente para ellos.
Por encima de todo, Marjorie será recordada como una excelente madre. La maternidad fue el centro de su vida y la fuerza que impulsó cada uno de sus esfuerzos. Todo lo que hizo, cada sacrificio que asumió y cada desafío que enfrentó tuvieron un mismo propósito: cuidar de sus hijos, protegerlos y brindarles un futuro mejor.
Para sus hijos, fue madre y padre a la vez, una mujer que asumió sola muchas responsabilidades y que nunca dejó de luchar para sacarlos adelante. Siempre estuvo pendiente de ellos, preocupándose por su bienestar y procurando que no les faltara nada. Sin embargo, solía dejar sus propias necesidades en segundo plano, porque siempre estaba ocupada ayudando a los demás y atendiendo a quienes la rodeaban antes que a sí misma. Como ella misma decía, y como nosotros también la describimos, esa era su esencia: una mujer bondadosa y generosa.
Algo por lo que siempre se esforzó fue mantener a su familia unida. Deseaba que sus hijos permanecieran cercanos entre sí y que, como hermanos, formaran un núcleo familiar fuerte, basado en el apoyo mutuo, el respeto y el cariño. Para ella, la unión familiar era uno de los valores más importantes, y trabajó constantemente para fortalecer esos lazos.
Desde muy pequeña enfrentó momentos difíciles y experiencias que marcaron profundamente su vida. Muchas de esas dificultades fueron duras y dolorosas, pero, lejos de detenerla, fortalecieron su carácter y su determinación. A partir de esas experiencias, hizo de sus hijos su mayor prioridad y dedicó su vida a brindarles las oportunidades, la seguridad y el futuro que deseaba para ellos. Trabajó incansablemente en todo lo que fue necesario, enfrentando sacrificios y desafíos con valentía, porque para ella no había nada más importante que ver a su familia salir adelante.
Aunque no era una persona muy expresiva con las muestras de cariño, quienes la conocían sabían cuánto amaba a sus hijos. Su amor se reflejaba en sus acciones diarias, en sus preocupaciones constantes y en todo lo que hizo para protegerlos y guiarlos a lo largo de la vida.
Marjorie también fue una mujer profundamente generosa. Ayudaba a personas necesitadas, compartía lo que tenía con quienes atravesaban momentos difíciles y siempre estaba dispuesta a tender una mano. Cuando familiares o amigos necesitaban apoyo, ella estaba presente sin esperar nada a cambio.
En sus momentos de descanso disfrutaba de las cosas sencillas de la vida. Le encantaba estar cómoda en su cama y usar sus batas para dormir, pequeños detalles que hoy su familia recuerda con cariño y una sonrisa.
Su mayor legado vive en sus hijos y nietos. Les enseñó con el ejemplo el valor del esfuerzo, la fortaleza frente a la adversidad, la generosidad y el amor incondicional. Hoy su ausencia se siente profundamente, porque dejó una huella imposible de reemplazar. La extrañamos cada día y agradecemos todo lo que hizo por nosotros.
Su memoria vivirá siempre en nuestros corazones, en nuestras historias y en todo lo que somos gracias a ella.
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